LA MUSICA DESDE 1774 HASTA 1830
Períodos: casi todo el clasicismo (1750-1820) y comienzos del
romanticismo (1820-1920)
La historia de
la música occidental —la más documentada gracias a la notación musical
occidental— suele dividirse por convención en épocas de estabilidad relativa
separadas por cortos periodos de cambios más drásticos. Los periodos aceptados
por convención son la edad media (desde alrededor de 1450), el renacimiento
(1450-1600), el periodo del barroco (1600-1750), la época del clasicismo (1750-1820),
el romanticismo (1820-1920) y el periodo moderno. Otras culturas, aunque menos
documentadas, han experimentado de forma similar cambios y evoluciones (no
necesariamente siempre en la dirección de una complejidad mayor), por lo que
incluso las músicas tribales más simples tienen una historia. Sin embargo, la
rapidez de los transportes y los medios de comunicación en el siglo XX han
propiciado la difusión de los estilos musicales de las distintas áreas
geográficas por todo el mundo.
El clasicismo
Clasicismo (música), lenguaje musical desarrollado por Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven, que se
caracteriza por un perfecto equilibrio entre forma y contenido musical. El
término clásico se aplica a la música de Haydn y Mozart incluso desde los
últimos años del siglo XVIII. Poco después de la muerte de Mozart en 1791, su
primer biógrafo observó que sus óperas, conciertos, cuartetos y otras obras
eran dignas de alabanza dado que podían escucharse una y otra vez sin que llegaran
a cansar. Incluso antes de 1800 se reconocía ya que las obras de Mozart serían
objeto de un estudio continuado, por analogía con las obras maestras del arte
griego y romano. Durante el clasicismo, el objetivo era la universalidad del
lenguaje musical, tal como ya señaló el teórico Johann Joachim Quantz en 1752:
"…Una música que es aceptada y reconocida como buena no sólo por un país…
sino por muchos pueblos… debe, dado que se basa tanto en la razón como en el
sentimiento del sonido, ir más allá de toda discusión y ser considerada la
mejor". Si bien el estilo clásico trascendió de forma efectiva los límites
nacionales, sus más célebres exponentes estaban asociados al nombre de la
ciudad de Viena.
Los autores contemporáneos han recalcado que
esta música debería agradar a todo oyente sensible y estar libre de cualquier
tipo de complicación técnica innecesaria. Pero, por su poder de mover y
estimular, debería evolucionar más allá del mero entretenimiento. Esta música
es el reflejo de la emergencia de la clase media a una posición de influencia
durante el Siglo de las Luces. La filosofía, la ciencia, la literatura y las bellas artes comenzaron
entonces a tener en cuenta al público general, en lugar de a un selecto grupo
de expertos. La música se vio afectada de un modo similar y nacieron los
mecenazgos y el público musical moderno. El compositor alemán Carl Philipp Emanuel Bach señaló
intencionadamente un mercado de amateurs y connoisseurs en el título de
una de sus colecciones de música para teclado. Las aptitudes complementarias
del conocimiento y el buen gusto eran cualidades de la música de Mozart,
especialmente elogiadas en una carta que Haydn dirigió a su padre, Leopold
Mozart.
Ya en 1814 el escritor Ernst Theodor Amadeus Hoffmann reconoció la
originalidad e integridad del lenguaje y observó que el nuevo arte de Haydn,
Mozart y Beethoven tuvo sus orígenes a mediados del siglo XVIII. Uno de los
estilos más influyentes a partir de la década de 1720 fue el rococó (o estilo galante), cultivado
principalmente en Francia. El llamado estilo expresivo (empfindsamer stil) surgió
algo más tarde, y estuvo básicamente asociado a los compositores alemanes.
Ambos estilos se desarrollaron a partir de la práctica difundida en el barroco de poner el mayor interés melódico
en las voces exteriores. La importancia de la voz del bajo disminuyó de forma
radical, dado que su papel quedó relegado al de mero soporte de la línea
melódica principal en la voz superior. Rococó fue un término utilizado, en un
principio, para designar los elaborados ornamentos de decoración e interiorismo
cultivados en Francia durante el periodo de la Regencia. Galante era el término
popularmente utilizado para indicar lo moderno, inteligente y sofisticado. En
la música, el estilo del rococó siguió perteneciendo a la aristocracia,
mientras que el estilo expresivo lo era esencialmente de la clase media,
transformando los afectos del barroco en sentimientos individuales. Ambos
lenguajes fueron absorbidos más adelante dentro del estilo clásico.
Los cambios en el lenguaje musical se
centraron en los nuevos enfoques de la melodía y la armonía. Durante el periodo del barroco el carácter básico (affekt) de un movimiento
siempre era consistente. Tenía un único tema declarado al comienzo, y luego, en
lugar de la cadencia habitual era desarrollado y articulado por medio de la repetición
secuencial de frases. Los compositores preclásicos mantuvieron la estructura
basada en tonalidades relativas, pero comenzaron a introducir un grado mucho
mayor de contraste dentro de los movimientos. La continuidad de los
compositores del barroco fue reemplazada por frases más articuladas, que por
primera vez crearon un nuevo problema de fluidez. El material melódico a menudo
se basaba en acordes y se caracterizaba por una renovada simplicidad. El
vocabulario armónico y tonal de los compositores del barroco fue rechazado y el
ritmo armónico se hizo más lento: las progresiones convencionales a menudo
soportaban una gran actividad dentro de la estructura.
Los nuevos lenguajes establecieron una gama
de géneros musicales. En la música para teclado, el compositor francés François Couperin fue un ejemplo de estilo galante,
y cultivó piezas de género descriptivo así como piezas para clavicordio
llamadas ordres,
cuyos movimientos de danza suelen tener títulos estrambóticos. De las muchas
danzas del barroco, sólo el minué ha conservado su lugar en la música de cámara y en orquesta clásica. Era
característico del rococó, con sus refinados pasos y gestos pequeños, pero
demostró ser capaz de un desarrollo sofisticado a manos de Haydn y Mozart. El
periodo del clasicismo fue testigo de un cambio radical en el papel de los
instrumentos de teclado, a medida que iba desapareciendo de forma gradual la
función del bajo continuo. Un hecho simbólico fue la decadencia de la sonata a trío, una de las
formas instrumentales básicas del barroco. Ello dio pie al cuarteto de cuerda,
cuya espectacular difusión fue uno los mayores logros de Haydn.
Durante el periodo barroco, los instrumentos
de tecla sólo desempeñaron un papel importante en las sonatas para dos, tres o
más instrumentos, pero en la primera mitad del siglo XVIII surgió la sonata para solista, que luego llegó a
conquistar la importante posición que aún conserva. Uno de los compositores que
más contribuyó a este género fue el italiano Domenico
Scarlatti, cuyas sonatas para virtuosos muestran un importante
entendimiento del idioma musical y del enfoque experimental, tanto en las
progresiones armónicas como en la estructura musical. A menudo introducía
contrastes temáticos que podrían considerarse como un rasgo de progreso. Si la
ligereza de sentimiento de Scarlatti lo conecta con el rococó, C. P. E. Bach es
la quintaesencia del Empfindsamkeit (en alemán,
'sentimentalismo'). Fue él quien declaró que los objetivos principales de la
música son los sentimientos y por ello era necesario que el músico tocase con
el corazón y se viera comprometido emocionalmente. La expresión de Bach sobre
las sutiles sombras de la emoción se asocia con el interés por la calidad vocal
con que dota a sus sonatas y fantasías. La exteriorización de sentimientos y el
culto a las lágrimas y sonrisas tiene relación con el movimiento literario
conocido como Sturm und Drang (agitación e ímpetu), que tomo el nombre de una obra teatral de 1776
escrita por Federico Maximiliano von Klinger. La importancia de la libertad
personal del artista representada en este movimiento previo al romanticismo se tradujo en la música en una
gran intensidad emocional y en un arranque de pasión que caracterizan algunas de
las piezas de la música para teclado del propio C. F. E. Bach. También afectó a
una parte de la música instrumental y para orquesta del joven Haydn, quien
reconoció libremente su deuda con el viejo compositor.
Italia era una fuerza vital en el periodo del
clasicismo y fue allí donde brotaron las primeras semillas para el desarrollo
de la sinfonía. La obertura de ópera se estableció en Italia alrededor de 1700 pero no fue hasta
mucho más tarde cuando sus tres secciones fueron separadas del teatro para ser
interpretadas aparte. Los primeros compositores italianos de sinfonías fueron Guiseppe Tartini y Giovanni Battista Sammartini. Sin embargo,
pronto se impuso el predominio alemán en ese campo, especialmente en Mannheim,
donde se hizo famosa la orquesta dirigida por Johann Stamitz bajo el patrocinio del elector Karl Theodor por su disciplinada
precisión, que causó una gran impresión en Mozart. La escuela de Mannheim
combinó el lirismo italianizante con la fuerza dramática de recursos
instrumentales tales como el crescendo y el trémolo. El desarrollo de la
orquesta clásica también se debe a compositores austriacos como Georg Mathias
Monn y Georg Christoph Wagenseil, cuyo eclecticismo moderó la simplicidad del
nuevo estilo y mantuvo los instintos de la experiencia contrapuntística. Las
bien documentadas distinciones de los estilos nacionales a mediados del siglo
XVII, dieron pie a una perspectiva verdaderamente internacional durante la
época de Haydn y Mozart. Johann
Christian Bach, hijo menor de Johann Sebastian
Bach, tras estudiar en Alemania e Italia, comenzó con éxito una carrera como
compositor e intérprete en Londres después de haber sido organista de la
catedral de Milán. La gracia, elegancia y a veces melancolía de su lenguaje
musical muestran la influencia inmediata del joven Mozart.
En el terreno de la ópera, el surgimiento de la comedia demostró su importante
influencia a lo largo del siglo. Los intermedios cómicos, que se representaban
entre los actos de las óperas serias, introdujeron personajes insólitos y
pequeñas conspiraciones extraídas de las situaciones de la vida real. La ópera buffa
pronto se independizó en obras como La criada patrona (1733) de Giovanni Battista Pergolesi. El género
comenzó a adquirir una enorme influencia, que no perdió hasta las tres
colaboraciones de Mozart con el libretista Lorenzo da Ponte: Las bodas de
Fígaro (1786), Don Giovanni (1787), y Così fan
Tutte (1790). Christoph
Willibald Gluck vio en la ópera seria
el balance de varios elementos que contribuían en conjunto al drama. Invocando
la razón y el buen gusto, describió así el virtuosismo vocal o los ritornelli
orquestales interminables: "… siempre me he esforzado en mi música por
destacar el texto de una manera simple y natural, en lugar de hacerlo por medio
de la expresión y la declamación adecuada". La insistencia de Gluck de que
toda ópera debía poseer un significado ético y expresar las emociones humanas,
le han convertido en una figura destacada del clasicismo. Pero, a finales del
siglo XVIII, la enorme influencia de la ópera seria italiana decaería, y los
últimos exponentes de su refinada elegancia fueron compositores como Johann
Adolf Hasse y Niccolò Jommelli.
Más que cualquier otro compositor, Haydn
logró sintetizar durante la década de 1770 los lenguajes anteriores, combinando
lo aprendido y lo accesible, lo cómico y lo serio. Entre los elementos más
importantes del principio del clasicismo está la articulación de formas a gran
escala y el empleo de la modulación entre la tensión y el relajamiento, que cultivaron tanto Haydn como
Mozart. Si bien la interacción de forma y contenido implica una variedad de
proporciones tonales dentro de cada movimiento individual, algunos elementos de
la relación entre materia y tonalidad han dado lugar a la aparición del
término, a veces confuso, de forma sonata. Se trata en este caso del desarrollo de la estructura binaria del
barroco que puede verse, sobre todo, en los primeros movimientos de las obras
clásicas y en otros casos. El término "principio de la sonata"
describe de manera más adecuada un procedimiento que refleja el lenguaje
musical natural de la época y que podía fácilmente combinarse con otros
elementos como el rondó e incluso la fuga. El desarrollo de los motivos de Haydn a partir de su material, suele
contrastar con la vena italianizante de la lírica de Mozart, incluso aunque los
contornos de sus respectivas formas
musicales se parezcan en lo superficial.
La universalidad alcanzada por Haydn se vio
reforzada en su música por ciertos toques de folclore, uno de los medios con
los que pretendió responder a las expectativas de su público. Sus doce
sinfonías Londres
(nº 93-104, 1791-1795) ilustran con efectividad el alcance de su estilo
orquestal de la madurez. Mozart también fue consciente de la necesidad de ser
accesible, pero al mismo tiempo estaba motivado, en la década de 1780, para
acometer un fructífero estudio de los complejos procedimientos de J. S. Bach. El contrapunto siguió existiendo a partir de
entonces no sólo en contextos sinfónicos como la sinfonía nº 41 en do mayor Júpiter
(1788), sino también en géneros menos obvios como los conciertos para piano. También supuso la
profundización de las posibilidades dramáticas de la música de Mozart para el
teatro, sobre todo en el trazado de personajes individuales dentro de
conjuntos. Sus finales operísticos demuestran una organización magistral de las
estructuras tonales a gran escala. El lenguaje musical de Mozart reconcilia
influencias opuestas y la yuxtaposición instintiva de elementos italianos y
vieneses queda especialmente reflejada en sus grandiosos logros en la ópera
seria, la ópera buffa y en el singspiel alemán. En la música religiosa de este periodo se puede observar
un enfoque menos integrador, que coloca las arias de estilo italiano de ópera seria muy cerca de elaboradas fugas corales.
La retórica tuvo una influencia significativa sobre la composición musical de esa
época. Las pequeñas dificultades que ponían los compositores clásicos en sus
intentos expresivos confieren hoy en día un significado más real a la interpretación.
Algunas ideas sobre las reglas no escritas de la época y las muchas analogías
con la oratoria tienen su origen en los tratados de Quantz (1752), Leopold
Mozart (1756), C. P. E. Bach (1753, 1762), Daniel Gottlob Türk (1789) y otros.
En cuanto a la música española no se puede
pasar por alto la estancia en la península del gran compositor italiano
Domenico Scarlatti en el periodo inmediato anterior al clasicismo. En esa época
de tránsito Scarlatti fue a Lisboa como maestro de capilla de Juan V de
Portugal y maestro de la infanta María Teresa Bárbara para la que escribió la
mayor parte de sus 550 sonatas. Scarlatti pasó luego a España como profesor de
música de Fernando VI y de su esposa Bárbara de Braganza.
Otro compositor italiano, Luigi Boccherini,
se trasladó a Madrid en 1769 con el nombramiento de compositor y virtuoso de
cámara del infante Don Luis. Juan Crisóstomo de Arriaga, que nació en Bilbao en
1806, fue discípulo suyo, así como de François Joseph Pétis y de Pierre
Baillot. Arriaga escribió tres cuartetos para instrumentos de cuerda, una
obertura y sinfonía para gran orquesta, un Stabat Mater, una salve, una misa,
romanzas y cantatas y también la escena bíblica Agar y las óperas Nada y mucho
(1819) y Los
esclavos felices (1820).
En el panorama musical español sobresale el
músico valenciano Vicente Martín y Soler. Estrenó con mucho éxito en Italia
donde se le conocía como Martini lo Spagnolo. Más tarde en Viena llegó a
competir con Mozart. Martín y Soler es autor de Una cosa rara, o sea belleza y
honestidad, obra de la que el compositor austriaco recoge un
fragmento en el Don Giovanni. También es autor de El árbol de Diana y de otras
óperas. También contemporáneos de Mozart fueron el padre Antonio Soler, Antonio
Eximeno, Juan Andrés y Esteban Arteaga, Blas de la Serna y Jacinto Valledor.
Es discutible
hasta qué punto el estilo clásico sobrevivió durante el siglo XIX. La música de
Beethoven está muy estructurada y, en ese sentido, es clásica, pero con un
concepto más extendido de la estructura armónica. Por otra parte, la facilidad
de comunicación dejó de ser prioritaria en su música de madurez. El impacto de
la Revolución Francesa tuvo una influencia extramusical más propia del
romanticismo. El declive en la productividad y el aumento de la conciencia de
sí mismo, alejan a Beethoven de Haydn y de Mozart. El compositor vienés Franz Schubert contuvo su impulso lírico con
excursiones de amplio juego armónico dentro de enormes estructuras enormes,
como sus sonatas para piano tardías y la sinfonía en do mayor, La grande
(nº 9, 1825). Sin embargo, dentro de los lieder de Schubert, la importancia
clásica por la forma se trastoca en imaginación intuitiva, más característica
del romanticismo. Si bien las estructuras clásicas mantuvieron una posición importante
durante el siglo XIX, fueron las formas, más que los principios, los que han
sobrevivido en la obra de muchos compositores románticos.
EL CLASICISMO
Romanticismo (música), movimiento artístico que dominó en la literatura, la pintura y la
música durante el último periodo del siglo XVIII y principios del XIX. Se
caracterizaba por una amplia variedad de rasgos, muchos de los cuales pueden
encontrarse ocasionalmente en la música de otras épocas; a pesar de ello, las
ideas románticas determinaron el pensamiento de los compositores a lo largo del
siglo XIX.
Formas y fuentes de inspiración
Era natural que la reacción de los
compositores románticos contra las ideas de la Ilustración respecto a la razón y el orden se
tradujera en irracionalidad y caos, por lo que casi resulta una contradicción
hablar de un movimiento unificado. Después de la universalidad de la
Ilustración, el romanticismo es la edad del individuo. El suceso más
significativo para los compositores, y para todos los artistas, fue la Revolución Francesa. En su país de
origen tuvo un efecto inmediato sobre la ópera. En lugar de los argumentos del barroco, que generalmente buscaban su inspiración en la antigüedad clásica y
reflejaban una jerarquía organizada de dioses, gobernantes y pueblo, ahora los
temas se situaban en el excitante y peligroso tiempo presente. Un género que
acabó llamándose ópera de rescate trataba, por lo general, del cautiverio de la
heroína a manos de un tirano y del rescate por su amante. También aparecían con
frecuencia dilemas que se solucionaban en el último momento gracias a los
esfuerzos de los propios seres humanos, en lugar del deus ex machina (por
intercesión divina) de la ópera del barroco. Uno de esos ejemplos es Lodoiska
(1791) del compositor italiano establecido en París, Luigi Cherubini; incluía una banda de tártaros, al
estilo de Rousseau, y moralizaba sobre la justicia y la libertad. En la nueva
era sin dioses, las ceremonias parisinas asumieron la forma de vastas odas
corales con música, a menudo interpretada al aire libre, que alababan al Hombre
y a un difuso ser supremo, así como a las virtudes revolucionarias de la
libertad, la igualdad y la fraternidad.
El compositor más fuertemente influido por
estas ideas fue también el más grande de su época, Ludwig van Beethoven. Su Fidelio
(primera versión en 1805) es la más noble de todas las óperas llamadas de
rescate. Pero Beethoven también dio respuesta en su música sinfónica al
renovado énfasis del romanticismo en la superación del individuo. Ésta fue
también la edad del héroe; por lo que la Tercera Sinfonía en mi bemol mayor, de
Beethoven (1803) fue titulada Sinfonía Heroica. Con esta obra, el
concepto de la sinfonía heredado del siglo XVIII adquirió nuevas dimensiones, con un primer
movimiento que rebasaba las fronteras entre la forma sonata, una marcha fúnebre por la Muerte del
héroe, un scherzo dinámico que reafirmaba la energía del ideal heroico y un juego final de
variaciones sobre un tema,
que Beethoven asociaba con Prometeo, el dios desafiante que robó el fuego para dárselo a los hombres. La Quinta
Sinfonía en do menor, opus 67 de Beethoven (1808) engloba un acto de
desafío humano al destino, con su diminuto tema inicial que contiene suficiente
energía para dar vida a toda una partitura y su Novena Sinfonía en re menor,
opus 125, Coral
(1824) que hace estallar la forma sinfónica cuando un cantante se pone de pie
entre los intérpretes y, con la llamada de "Amigos, ¡abandonad estos
sonidos!", invita a sus compañeros a unírsele cantando la Oda a la Alegría
de Friedrich Schiller.
El creciente interés por la naturaleza que
caracterizaba al romanticismo encontró su expresión más viva en la música desde
el comienzo. Muchas óperas de rescate otorgaban un papel destacado a la
tormenta, la avalancha, el fuego, los hundimientos de barcos, las erupciones
volcánicas y otras manifestaciones que colocaban al ser humano a merced de las
fuerzas irracionales del Universo. Uno de los mitos románticos más poderosos
fue el de Undine (o la eslava Rusalka), el espíritu del agua que intentaba
casarse con un humano pero que era reclamada por su propio elemento; se trataba
del intento de salvar el abismo que separaba la Naturaleza y la Razón, un
conflicto característico de la Ilustración. E. T. A. Hoffmann compuso una de las primeras obras
sobre este tema; maestro de los cuentos irracionales y un romántico
arquetípico, combinaba el talento de escritor, compositor y artista. El poder
de lo irracional también hallaba su expresión en la ópera Der Freischütz (El cazador
furtivo, 1821) de Carl Maria von
Weber, en la que la vida natural de una comunidad se veía
amenazada por las prácticas satánicas que tenían lugar en las profundidades de
la siniestra cañada del lobo; el romanticismo también hizo del horror una
categoría artística.
El gusto por la naturaleza se puso de
manifiesto en la Sinfonía Pastoral (nº6 en fa, opus 68, de 1808), y fue un
componente de la canción alemana. El primer gran escritor de Lieder fue Franz Schubert. Sus numerosas composiciones
suelen utilizar el piano para desplegar su imaginería descriptiva, como sucede
con los sonidos acuáticos que discurren a todo lo largo de su ciclo de
canciones que describen el amor infeliz de un joven molinero en Die schöne
Müllerin (1823). El propósito iba más allá de la imitación: el arroyo
refleja los estados del alma y la fortuna cambiante del joven. En otras
canciones, un objeto natural puede desempeñar un papel psicológico aún más
poderoso, como cuando en su musicalización de Gretchen am Spinnrade (Margarita en
la rueca, 1814) de Goethe, una desagradable figura en el piano
representa no sólo la rueda que gira, sino también los círculos de pensamiento
obsesivos de la joven traicionada por su amor perdido. Schubert podía hacer que
una canción sonara como poesía simple o grandiosa; Robert Schumann, que también era un crítico agudo,
escogió con más cuidado y exploró más allá de las limitaciones de la
imaginación romántica, luces y penumbras, el dolor de la separación de un amor
o de la patria, el terror en el bosque, los sueños misteriosos y muchos más
temas, en los que lo misterioso se convertía en un verdadero territorio
romántico.
Como parte de la edad del héroe, el
intérprete se convertía en uno de ellos, por lo que debía vencer azarosas
dificultades mediante su técnica y expresar las emociones que muchos sentían
pero nadie podía articular con tanto talento; puesto en tela de juicio el
antiguo orden social, político y religioso, el hombre se enfrentaba sólo a sus
propios recursos, por lo que el individualismo artístico se premiaba. Weber, al
igual que su amigo Hoffmann, fue un destacado escritor, compositor, pianista y
director, y su obra para piano hizo del virtuosismo el tema principal de su
arte. Con Niccolò Paganini, las extremas dificultades técnicas de la música para violín dieron alas
a la fascinación, subrayada por el dominio casi diabólico de una personalidad
sombría y macabra. Su ejemplo fue seguido por Franz Liszt, que se convirtió en uno de los más grandes pianistas de todos los
tiempos, máximo representante de lo que se conoció como edad del virtuosismo. Frédéric Chopin exploró la poesía que podía
hallarse en la técnica pianística mediante sus Estudios, a la vez que
desarrolló la idea de nocturnos a modo de danzas poéticas (valses, polonesas y mazurkas), así como
baladas y preludios que describen atmósferas.
El nacionalismo
Además de ser una era en la que se ensalzaba
la identidad personal, también se descubría la identidad nacional.
Compositores-pianistas como Liszt o Chopin eran capaces de convertir las danzas
húngaras o polacas en obras de concierto llenas de virtuosismos pero fue la
ópera el medio que permitió la expresión artística más completa del
individualismo nacional, gracias al uso de un lenguaje particular y una música folclórica que sabía utilizar la historia, la
mitología y las leyendas locales. Desde Italia, el país donde había nacido la
ópera, esta técnica se difundió por toda Europa, para ser aprendida y luego
rechazada en favor de procedimientos nacionalistas. En Alemania, Der
Freischütz (El cazador furtivo) de Weber fue aclamada
por ser la primera gran ópera romántica alemana, y su éxito europeo no sólo
dibujó una línea que llevó a Wagner, sino que también animó a otros países. La
ópera rusa llegó a su madurez con dos obras de Mijaíl Glinka, la ópera histórica Una vida por
el Zar o Ivan Susanin (1836) y la basada en una leyenda fantástica
de Ruslan
y Lyudmila (1842). Se estableció de tal suerte un ejemplo para los
compositores rusos del siglo, como el uso de las cadencias de la lengua rusa y
de su música folclórica en la obra de Glinka. Hungría tuvo una voz operística
comparable en Ferenc Erkel y su Hunyadi László (1844), mientras Polonia
contaba con Stanislaw Moniusko y su Halka (1847). En tierras checas, el
compositor de ópera más importante fue Bedrich Smetana, autor de Dalibor y Libuse, y su comedia campesina La novia vendida (1866) se mantiene en el
repertorio de los grandes teatros aún hoy.
La ópera romántica asumió formas diferentes
en dos países que ya poseían una vigorosa tradición operística, Italia y Francia.
Gioacchino Rossini fue capaz de
hacer que el don natural de la lengua italiana para el canto sonase ingenioso y
tierno, y destacó lo sentimental en una serie de óperas que le hicieron famoso
en toda Europa. Su brillante organización de los mecanismos operísticos de
efecto, como el coro en el inicio de la primera escena, y la estructura y
ubicación de arias y dúos en su reparto, llegaron a adquirir el nombre de código Rossini,
que sirvió de matriz para la ópera romántica italiana. Tanto Vincenzo Bellini como Gaetano Donizetti fueron capaces de construir según
este ejemplo. Bellini lo hizo con melodías largas y lánguidas que influyeron,
entre otros, en Chopin; Donizetti, con óperas que utilizaban de forma original
la orquestación, estableció vínculos con el romanticismo del norte que incluía
la obra del influyente novelista sir Walter
Scott. La forma del arte nacional italiano pronto se
identificó con la lucha por la independencia política: el risorgimento fue laureado
por Giuseppe Verdi. La larga lista
de sus óperas abarca una gran parte de obras tempranas, hermosas y robustas,
confeccionadas en consonancia con el sentir popular, como manifiestos, y
contienen dos de las partituras maestras de la tragedia y la comedia, Otello
(1887) y Falstaff
(1893).
En Francia, donde la ópera revolucionaria
imprimió en el arte un giro hacia el romanticismo, la respuesta a la
restauración posterior a la caída de Bonaparte, fue una forma adaptada a un
nuevo y próspero público burgués, la grand opera. Los principales defensores de
ésta durante las décadas de 1820 y 1830, convirtieron a la Paris Opéra en la
principal casa de ópera de Europa, en la que se destacaron Daniel Auber (La muda de
Portici, 1828), Rossini (Guillermo Tell, 1829), Fromental Halevy (La judía, 1835), y especialmente
Giacomo Meyerbeer (Los
hugonotes, 1836). Estas obras tienen en común la inclinación
romántica por reunir todas las artes en suntuosas puestas en escena con
decorados realistas e ingeniosos efectos de iluminación (y, muy a menudo, con
catástrofe final incluida), con numerosos solistas y un gran coro y orquesta.
Los argumentos también eran románticos y tomaban sus temas de la época de los
caballeros, de las luchas independentistas, de países distantes o exóticos o de
amores fracasados en medio de luchas dinásticas.
Común a todas estas diferentes tradiciones
operísticas era el creciente papel de la orquesta. Con el nacimiento del
romanticismo en el despertar de la Revolución Francesa y el mayor énfasis en
las sensaciones individuales en lugar de en las formas aceptadas del antiguo
régimen, el color instrumental se convirtió en una parte significativa de la
expresión musical. Los compositores franceses revolucionarios como Étienne
Méhul hicieron uso insólito de los colores orquestales característicos para
adaptar óperas de diferentes tipos; con Der Freischütz (El cazador furtivo) Weber
inventó el actual discurso orquestal que refleja el desplazamiento de la obra
desde lo luminoso al horror de las tinieblas y de nuevo a la luz. Utilizó
acordes disonantes con fines sensacionalistas, como un efecto por derecho
propio en lugar de hacerlo como parte de una progresión funcional. Aunque nunca
se ajustó con facilidad a la lógica de la forma sonata, también experimentó con
estructuras nuevas en su música.
La influencia de Beethoven
La Novena Sinfonía en re menor, opus 125 de
Beethoven tenía implicaciones que los más grandes compositores de la siguiente
generación no podían ignorar. Algunos intentaron acomodar las impresiones
románticas a la forma sinfónica. Felix
Mendelssohn dio rienda suelta a su gusto por los viajes en sus
sinfonías escocesas (nº3 de 1843) e Italiana nº 4 de 1833). Schumann fue capaz
de escribir sinfonías que describían el esplendor de la primavera en el Rin.
Aunque estos ejemplos ampliaron el alcance de la forma sinfónica, no supusieron
su ruptura. Otros compositores sintieron que después de la Novena, el compositor
romántico debía buscar caminos nuevos para la música sinfónica.
Para Hector Berlioz, la respuesta estaba en las llamadas sinfonías dramáticas, que aportaban
ideas desde fuera de la música y se conformaban según una disposición
individual; una de las características del romanticismo en la música es que
cada tarea artística requiere una forma nueva e irrepetible. Su Sinfonía
fantástica de 1830 dramatiza su amor por una actriz shakespeariana,
con derivaciones hacia lo erótico, lo pastoral y lo diabólico. Para los jóvenes
románticos, William Shakespeare es el símbolo de la libertad frente a las limitaciones del drama clásico
francés y Berlioz se sintió animado a responder con una forma musical próxima a
la novela en Harold en Italis (1834). En esta sinfonía, basada en otra
figura romántica, la de Lord Byron, un solo de viola deambula por un paisaje y unos escenarios
característicos del romanticismo. El instrumento personifica a un Byron
romántico, libre de las restricciones clásicas, pero al mismo tiempo aislado y
prendado de la melancolía que encarna el sonido de la viola. Romeo y
Julieta (1838) toma el modelo de Shakespeare con libertad para
definir una estructura sinfónica, que utiliza la idea de la Novena
Sinfonía de incluir voces para articular la esencia del drama
(aunque de hecho confíe la escena de amor a la orquesta sola).
Para Liszt, después de que Beethoven llevara
el desarrollo temático a un punto sin retorno, la convergencia romántica de las
artes implicaba estructuras de un movimiento que describían un tema mediante la
caracterización de un sujeto que se identificó con un conjunto central de
ideas, y para ello inventó el término de poema sinfónico. Por ejemplo, Hamlet podía ser
interpretado con éxito en un único movimiento orquestal, exclusivo en su forma.
También llevó esta transformación temática a las obras sinfónicas, como en su
sinfonía Fausto
(1861), en la cual las ideas relacionadas con el héroe se transforman a través
de los tres movimientos relacionados con Fausto, Margarita y el diablo
Mefistófeles. La estructura más pura al aplicar sus nuevas técnica e ideales la
alcanzó Liszt en una sonata para piano completamente original, la Sonata en sí
menor (1854) que aun siendo abstracta, refleja claramente los
aspectos controvertidos de la propia personalidad dividida de su autor.
Wagner: a favor o en contra
Para Richard Wagner, la Novena
Sinfonía era "música que llora por redimirse mediante la
poesía", y veía como cometido suyo llevar el arte del desarrollo temático
al teatro. Allí, las artes podrían finalmente unificarse de verdad en una
síntesis de poesía, música y teatro, la obra de arte total, con una orquesta
oculta que articularía y desarrollaría el drama psicológico que se está
cantando y representando sobre el escenario. Este ideal se hizo realidad con la
inauguración del Festspielhaus de Bayreuth en 1876; pero fue un largo periodo
de formación, cuando la carrera de Wagner se vio sembrada de reveses,
contradicciones y dificultades que sólo superaría mediante su colosal
determinación y fe en sí mismo. Su primera ópera, Las hadas (1834) era una
ópera alemana romántica, mientras que la segunda, La prohibición de amar (1836)
tenía inspiración italiana. La tercera, Rienzi (1842) era una gran ópera al estilo
parisino sobre el personaje de la famosa conjura antinobiliaria del siglo XIV.
Pero la primera ópera en la que realmente se encontró a sí mismo fue en El holandés
errante (1843), que aún marca su pertenencia a la ópera romántica
tradicional en el tema del contacto entre los mundos del espíritu y los seres
humanos y por sus poderosas músicas de tormenta, pero ante todo por su
potencia. Después de Tannhäuser (1845) y Lohengrin (1850), se entregó
a la composición de la tetralogía El anillo de los nibelungos (1852-1874),
interrumpida sólo para escribir Tristan e Isolde (1865), que combina las
ideas románticas del amor y la muerte, y Los maestros cantores de Nuremberg,
(1868). En esta última obra recompone, desde una visión romántica, el pasado de
Alemania en el contexto de una historia de amor y recuperación del orden civil
amenazado; esta partitura es una de las tres mayores obras de arte cuyo tema es
el arte mismo. Su última ópera, Parsifal (1882), utiliza la metáfora
cristiana para describir un orden religioso ideal amenazado por el caos.
Puede considerarse a Wagner como el artista
culminante del romanticismo en la música. Utilizó todos los recursos de ese
estilo para sus ideas y doctrinas, tomando lo que necesitaba para elaborar un
lenguaje de una sutileza, riqueza intelectual e intensidad emocional
incomparables. Ningún compositor se ha visto libre de su influencia, aunque en
ocasiones tomara la forma de una reacción violenta y apasionada. Incluso los
compositores alemanes que dieron nueva vida a la sinfonía estuvieron bajo su
influencia. Las cuatro sinfonías de Johannes Brahms, en su día considerado como la antítesis de Wagner, utilizan una forma
de variación temática en desarrollo; Bruckner era un confeso devoto suyo y, por su parte, Mahler escribió obras en las que la voz
era finalmente readmitida en la sinfonía. Había wagnerianos en todos los
rincones de Europa.
Quizá el romanticismo musical más
independiente se dio en Rusia, donde Piotr
Chaikovski (un decidido antiwagneriano) exploró unas sinfonías
románticas nuevas que dramatizaban su sentido personal del destino que
amenazaba su vida. También escribió canciones influidas por modelos románticos
franceses y óperas, como Eugene Onegin (1879) y La reina de
espadas (1890), que proceden del mundo literario romántico de Alexandr Pushkin. El nacionalismo ruso tiene su
obra culminante en el Boris Godunov de Modest Músorgski (versión original de 1869), cuyo
héroe ofrece una versión rusa particular del alma dividida del romanticismo.
Allí existía también una devoción por el realismo que absorbía a los pensadores
rusos y que tenía raíces románticas. Así ocurre en la escena famosísima de la
muerte de Boris no con un aria formal sino con su voz desgarrada que se pierde
musicalmente en el olvido. El ejemplo de Glinka aún estaba vivo y queda patente
en una serie de óperas épicas y fantásticas de Nikolái Rimski-Kórsakov.
La ópera romántica francesa no quedó
deslucida por Wagner, sino que tuvo una voz característica en la obra de Jules Massenet, Charles Gounod y Camille Saint-Saëns; de esta forma Carmen
(1875) de Georges Bizet, admirada por Friedrich Nietzsche y por Chaikovski como antídoto a Wagner, trajo una nueva claridad e
inmediatez al género sin perder en intensidad pasional. Incluso Claude Debussy, crítico hostil a Wagner, fue un
compositor al que afectó especialmente Parsifal cuando escribió Pelléas et
Mélisande (1902).
El legado del
romanticismo musical es tan complejo como sus orígenes. Los movimientos del impresionismo, el expresionismo y el verismo deben mucho a las
ideas románticas; incluso subsiste cierto romanticismo reprimido en la obra de
un compositor tan antirromántico como Stravinski, mientras que un romanticismo más abierto ha guiado las ideas de
compositores tan cercanos a la música del siglo XX como Leoš Janácek y Béla Bartók, o el pleno
romanticismo del único gran compositor inglés de la época, Edward Elgar. A pesar de ello, ya estaban
creciendo nuevas ideas durante la primera década del nuevo siglo, y el
romanticismo no alcanzó el año 1914 como idea artística central.
Principales autores del Clasicismo
Haydn, Joseph (1732-1809), compositor austriaco, una de las figuras más influyentes en
el desarrollo de la música del clasicismo (c. 1750-1820).
De origen humilde, nació el 31 de marzo de
1732 en Rohrau an der Keitha, cerca de Viena. Era el mayor de los dos músicos
hijos de un fabricante de ruedas. Algunos suponen que era descendiente de
croatas. Con ocho años entró en la escuela coral de la Catedral de San Esteban,
en Viena, donde recibió su única formación académica. A los 17 años abandonó el
coro y pasó varios años trabajando como músico independiente. Estudió los
tratados de contrapunto y recibió algunas lecciones del prestigioso maestro de canto y
compositor italiano Nicola Porpora. En 1755 trabajó para el barón Karl Josef
von Fürnberg, época en que compuso sus primeros cuartetos para cuerda. En 1759
fue nombrado director musical del conde Fernando Maximilian von Morzin. El año
1760 contrajo matrimonio con Maria Anna Keller, unión que fracasó y de la que
no hubo descendencia.
Carrera en Esterházy
La suerte de Haydn cambió en 1761, año en que
fue nombrado director musical adjunto del príncipe Pál Antal Esterházy; en 1762
fue nombrado maestro de capilla. Trabajó para tres príncipes de la familia Esterházy.
El segundo de ellos, el príncipe Miklós József Esterházy, fue un gran amante de
la música. En Esterházy (Hungría), su lugar de veraneo, Miklós poseía una
fundación musical importante, que fue dirigida por Haydn. Además de las sinfonías, óperas, operetas de títeres, misas, obras de cámara y música de danza que el príncipe
le encargaba, también hizo que ensayara y dirigiera sus propias obras, así como
las de otros compositores. Debía enseñar a los cantantes, mantener la colección
de instrumentos y la librería musical, trabajar como organista, violista y
violinista cuando fuera necesario y solventar las disputas de los músicos que
estaban a su cargo. Aunque con frecuencia se quejó del peso de su trabajo y del
aislamiento que sentía en Esterházy, su posición era envidiable para los
músicos del siglo XVIII. Un aspecto importante de su contrato después de 1779
fue la libertad de vender su música a los editores y de aceptar comisiones por
ello. Como resultado, durante la década de 1780 su obra empezó a conocerse más
allá de los límites de Esterházy y su fama se extendió considerablemente.
Tras la muerte del príncipe Miklós en 1790,
su hijo, el príncipe Antal, redujo las ayudas para la fundación de Esterházy.
Aunque Haydn mantuvo el puesto de maestro de capilla, no realizó más viajes
fuera de Viena. El violinista y empresario británico Johann Peter Salomon lo
contrató para sus conciertos en Londres. Los dos viajes que efectuó a la
capital británica para asistir a estos conciertos (1791-1792 y 1794-1795),
fueron las ocasiones perfectas para el éxito de sus últimas sinfonías.
Conocidas como las Sinfonías Salomon o Sinfonías de Londres,
incluyen algunas de sus obras más famosas: Sorpresa (nº 94), Militar (nº 100), El reloj
(nº 101), El
redoble de tambor (nº 103) y Londres (nº 104).
Durante sus últimos años en Viena, Haydn
comenzó a componer misas y grandes oratorios como La
creación (1798) y Las estaciones (1801, basado en el poema
del mismo nombre del escocés James Thomson). También de este periodo es El himno
del emperador (1797), que más tarde se convirtió en el himno nacional de Austria. Tras conseguir fama y
riqueza, murió en Viena el 31 de mayo de 1809.
Evaluación
Haydn abarcó prácticamente todos los géneros:
vocales, instrumentales, religiosos y seglares. Muchas de sus obras no se
conocían fuera de Esterházy, especialmente los 125 tríos y demás piezas
compuestas para viola barítono, instrumento híbrido de cuerda que el príncipe
Miklós tocaba. La mayoría de sus 19 óperas y operetas de títeres las compuso
según el gusto y las directrices del príncipe. Haydn admitió la superioridad de
las óperas de su joven amigo Wolfgang
Amadeus Mozart. No obstante, en otros géneros,
sus obras tuvieron buena acogida y su influencia fue importante. Las 107
sinfonías (104 es el número tradicional; otras tres se han incluido
posteriormente) y los 83 cuartetos para cuerda, que revolucionaron la música,
son pruebas fehacientes de su original aproximación a nuevos materiales
temáticos y formas musicales, así como de su maestría en la instrumentación.
Sus 62 sonatas y 43 tríos para
piano muestran un amplio abanico, desde aquellos compuestos para aficionados
hasta los destinados a virtuosos del teclado, estos últimos pertenecientes a
sus obras de madurez.
La influencia que ejerció en el desarrollo de
la sonata fue decisiva. Esta era la forma predominante del clasicismo, que utilizaron los compositores
hasta el siglo XX para crear estructuras musicales cada vez más extensas. Haydn
la utilizó de dos maneras diferentes: en primer lugar, desarrolló lo que hasta
entonces había sido una simple exposición de temas en distintas tonalidades y
creó una sofisticada interacción entre distintos grupos temáticos, cuyas
diferentes tonalidades definían la extensa estructura de los movimientos; en
segundo lugar, economizó el material temático de forma que sólo las tonalidades
diferenciaban las distintas partes. Esta tendencia hacia la austeridad temática
se puede apreciar en las últimas sinfonías de Jean Sibelius, ciento veinte años más tarde.
La productividad
de Haydn se vio reforzada por su inextinguible originalidad. La forma
innovadora en que transformaba una simple melodía o motivo en complejos
desarrollos fascinó a sus contemporáneos. Son característicos de su estilo los
cambios repentinos de momentos dramáticos a efectos humorísticos así como su
inclinación por las melodías de tipo folclórico. Un escritor de su época
describió su música como “arte popular”, y, de hecho, su equilibrio entre la
música directa y los experimentos innovadores transformó la expresión
instrumental del siglo XVIII.
Mozart, Wolfgang Amadeus (1756-1791),
compositor austriaco del periodo clásico. Uno de los más influyentes en la
historia de la música occidental.
Nació el 27 de enero de 1756 en Salzburgo, y
lo bautizaron con el nombre de Johannes Chrysostomus Wolfgang Amadeus Mozart.
Estudió con Leopold Mozart, su padre, conocido violinista y compositor que
trabajaba en la orquesta de la corte del arzobispo de Salzburgo.
Mozart, el niño prodigio
A los seis años Mozart era ya interprete
avanzado de instrumentos de tecla y eficaz violinista, a la vez que hacía gala
de una extraordinaria capacidad para la improvisación y la lectura de
partituras. Todavía hoy se interpretan cinco pequeñas piezas para piano que
compuso a esa edad. En 1762 Leopold comenzó a llevar a su hijo de gira por las
cortes de Europa. Durante este periodo compuso sonatas, tanto para clave como para violín
(1763), una sinfonía (1764), un oratorio (1766) y la ópera cómica La finta semplice (1768). En 1769 fue nombrado Konzertmeister
del arzobispado de Salzburgo, y en La Scala de Milán el Papa le hizo caballero de la Orden de la Espuela Dorada. Ese
mismo año compuso Bastien und Bastienne, su primer singspiel (tipo de ópera
alemana con partes recitadas). Al año siguiente le encargaron escribir su
primera gran ópera, Mitrídates, rey del Ponto (1770),
compuesta en Milán. Con esta obra su reputación como músico se afianzó todavía
más.
Mozart volvió a Salzburgo en 1771. El cargo
de Mozart en la ciudad no era remunerado, pero le permitió componer un gran
número de obras importantes durante seis años, eso sí, en detrimento de su
situación económica. En 1777 obtuvo permiso para dar una gira de conciertos, y
se fue a Munich con su madre.
Tiempos difíciles
A la edad de veintiún años Mozart buscaba en
las cortes europeas un puesto mejor remunerado y más satisfactorio, pero sus
deseos no se cumplieron. Marchó a Mannheim, capital musical de Europa por aquel
entonces, con la idea de conseguir un empleo en su orquesta, y allí se enamoró
de Aloysia Weber. Leopold envió a su esposa e hijo a París. La muerte de su
madre en la capital francesa en 1778, el rechazo de Weber y el desprecio de los
aristócratas para quienes trabajaba hicieron que los dos años transcurridos
entre su llegada a París y su regreso a Salzburgo en 1779 fueran un periodo
negro en su vida.
Ya en su ciudad natal, Mozart compuso dos
misas y un buen número de sonatas, sinfonías y conciertos. Estas obras revelan por primera
vez un estilo propio y una madurez musical extraordinaria. El éxito de su ópera
italiana Idomeneo,
rey de Creta, encargada y compuesta en 1781, hizo que el arzobispo
de Salzburgo le invitara a su palacio, en Viena, pero se sintió explotado y
decidió marcharse. Se dedicó entonces a dar clases en una casa que alquilaron
para él unos amigos. Allí compuso el singspiel, El rapto en el serrallo,
encargada en 1782 por el emperador José II.
Ese mismo año se casó con Constanze Weber,
hermana menor de Aloysia; juntos vivieron acosados por las deudas hasta la
muerte de Mozart. Las óperas Las bodas de Fígaro (1786) y Don Giovanni
(1787), con libretos de Lorenzo Da Ponte, aunque triunfaron en Praga, no fueron
bien recibidas en Viena. Desde 1787 hasta la creación de Così fan tutte (1790,
también con libreto de Da Ponte), Wolfgang no recibió nuevos encargos de
óperas. Para la coronación del emperador Leopoldo II en 1791 compuso La clemenza
di Tito, con libreto de Metastasio. Las tres grandes sinfonías de
1788 nº 39 en mi bemol, nº 40 en sol menor y nº 41 en do (Júpiter) nunca se
interpretaron bajo su dirección. Mientras trabajaba en La flauta mágica (1791, con
libreto de Emmanuel Schikaneder), el emisario de un misterioso conde Walsegg le
encargó una misa de réquiem. Esta obra, inacabada por la muerte de Mozart, fue
su última composición, que terminó Franz Süssmayr, discípulo suyo. Mozart murió
en Viena el 5 de diciembre de 1791, se cree que por una dolencia renal crónica.
Sólo unos pocos amigos fueron a su funeral. La leyenda por la cual el
compositor italiano Antonio Salieri pudo haber asesinado a Mozart carece de
todo fundamento.
Su obra
A pesar de su
corta vida y malograda carrera, Mozart se encuentra entre los grandes genios de
la música. Su inmensa producción (más de 600 obras), muestra a una persona que,
ya desde niño, dominaba la técnica de la composición a la vez que poseía una
imaginación desbordante. Sus obras instrumentales incluyen sinfonías,
divertimentos, sonatas, música de
cámara para distintas combinaciones de instrumentos, y
conciertos; sus obras vocales son, básicamente, óperas y música de iglesia. Sus
manuscritos muestran cómo, salvo cuando hacía borradores de pasajes
especialmente difíciles, primero pensaba la obra entera y luego la escribía. Su
obra combina las dulces melodías del estilo italiano, y la forma y contrapunto
germánicos. Mozart epitomiza el clasicismo del siglo XVIII, sencillo, claro y
equilibrado, pero sin huir de la intensidad emocional. Estas cualidades son
patentes sobre todo en sus conciertos, con los dramáticos contrastes entre el
instrumento solista y la orquesta, y en las óperas, con las reacciones de sus
personajes ante diferentes situaciones. Su producción lírica pone de manifiesto
nueva unidad entre la parte vocal y la instrumental, con una delicada
caracterización y el uso del estilo sinfónico propio de los grandes grupos
instrumentales.
Beethoven, Ludwig van (1770-1827), compositor alemán, considerado uno de los más grandes de la
cultura occidental.
Nació en Bonn el 16 de diciembre de 1770. Se formó en un ambiente
propicio para el desarrollo de sus facultades aunque excesivamente rígido. Sus
primeros brotes de talento musical fueron dirigidos de forma tiránica por la
disciplina de su padre, que era tenor en la capilla de la corte. En 1789
Beethoven comenzó a trabajar como músico de la corte para mantener a su
familia. Sus primeras obras bajo la tutela del compositor alemán Christian
Gottlob Neefe, especialmente la cantata fúnebre por la muerte del emperador
José II, mostraban ya una gran inteligencia, y se pensó en la posibilidad de
que se fuera a Viena para estudiar con Wolfgang
Amadeus Mozart. Aunque la muerte de Mozart en
1791 hizo que estos planes no pudieran realizarse, Beethoven marchó a Viena en el año 1792 para estudiar con el compositor
austriaco Joseph Haydn.
En Viena, Beethoven deslumbró a la
aristocracia con sus improvisaciones pianísticas, a la vez que llegó a acuerdos bastante beneficiosos con los editores de
música de la ciudad. Sus composiciones se encontraban a medio camino entre el
audaz estilo del compositor alemán Carl Philipp
Emanuel Bach y el exquisito refinamiento de
Mozart. El creciente mercado de publicaciones musicales le permitió trabajar
como compositor independiente, algo que Mozart intentó en la década anterior
sin conseguirlo.
En la primera década del siglo XIX Beethoven
renunció al estilo local, de estructuras débiles, como el que aparece en el Septeto en
mi bemol mayor opus 20 para cuerda y viento, y a partir del legado
de Haydn y Mozart, creó un nuevo lenguaje. Aunque afirmaba "no haber
aprendido nada de Haydn", e incluso llegó a buscar un maestro
complementario como fue el compositor vienés Johann Georg Albrechtsberger,
Beethoven asimiló en seguida el clasicismo vienés en todos los géneros
instrumentales: sinfonía, concierto, cuarteto de
cuerda y sonata. La mayoría de
las obras que hoy se interpretan las compuso durante los años transcurridos
entre la Sinfonía
nº 3 en mi bemol mayor, opus 55 (Heroica, comenzada en 1803 y estrenada en 1805), y la Sinfonía nº
8 en fa mayor, opus 93 (1812), periodo denominado como su 'década heroica'.
La fama de Beethoven alcanzó su punto
culminante durante estos años pero la pérdida creciente de la capacidad
auditiva que comenzó a notar en 1798, lo hizo aislarse de la sociedad. Comenzó
entonces a cambiar de domicilio con frecuencia. Durante el periodo estival
vivía en las afueras de Viena, sobre todo en Heiligenstadt y en invierno
regresaba a la ciudad. En 1802 expresó el profundo sufrimiento que le causaba
su progresiva sordera en el famoso Testamento de Heiligenstadt, un documento
dirigido a sus dos hermanos y a la sociedad en general. Las excentricidades del
músico aumentaron a partir del año 1805. Sus conciertos en público eran
contados y en el año 1814 ofreció el último.
A pesar de los rumores que circulaban entre
las personas cercanas a él sobre sus repetidos enamoramientos, Beethoven
siempre elegía a mujeres inaccesibles que pertenecían a la aristocracia,
estaban casadas, o las dos cosas a la vez. En la carta dirigida a su 'amada
inmortal' (que se supone nunca llegó a enviar y está fechada en el año 1812),
expresa sus sentimientos hacia la única mujer que debió corresponderle. El
misterio de la identidad de esta mujer se resolvió en 1977 gracias al
musicólogo estadounidense Maynard Solomon. Se trataba de Antonie Brentano, esposa
de un mercader de Frankfurt y madre de cuatro hijos. Su sentido ético y el
miedo al matrimonio, hicieron que Beethoven huyera de esta relación, a pesar de
los conflictos emocionales que le causó.
En 1815, tras la muerte de su hermano mayor,
Casper Carl, Beethoven empleó todas sus energías en un costoso pleito legal
contra su cuñada por la custodia del hijo de nueve años de aquel, Karl. En un
principio la madre obtuvo el favor del tribunal, pero la intervención en 1820
del archiduque Rodolfo, el protector más poderoso del músico, hizo que ganara
el juicio. Beethoven no actuaba como un padre ideal y los roces y desavenencias
surgidos entre ellos desembocaron en 1826 en un intento de suicidio por parte
de Karl.
En 1818 Beethoven, ya sordo por completo, tuvo
que utilizar 'libros de conversación' en donde la gente escribía sus notas y
observaciones para que el compositor los entendiera. Renegó de todo el mundo
menos de un pequeño y cerrado círculo de amigos. Exceptuando los estrenos de la
Sinfonía
nº 9 en re menor, opus 125 y partes de la Missa solemnis en re mayor, opus 123
en 1824, su música siguió interesando únicamente a un reducido grupo de
expertos. A pesar de todo, ya había alcanzado un gran prestigio y en su lecho
de muerte recibió todo tipo de muestras de simpatía. Murió en Viena el 26 de
marzo de 1827; miles de personas asistieron a su funeral.
Evolución musical
Las obras más importantes de Beethoven se
pueden resumir en 9 sinfonías, 7 conciertos (5 para piano, uno para violín y un
triple concierto para piano, violonchelo y violín), 16 cuartetos de cuerda, 32
sonatas para piano, 10 sonatas para violín y piano, 5 sonatas para violonchelo
y piano, una ópera, Fidelio,
2 misas y la Misa Solemne, opus 123, varias oberturas y numerosas
variaciones para piano. Tradicionalmente se le ha considerado como el puente
hacia el romanticismo, y su producción musical está dividida en tres periodos
según una conocida interpretación de Lenz. Actualmente los expertos lo
consideran como el último representante de la escuela vienesa clásica, que en
lugar de seguir la corriente romántica se dedicó a desarrollar la música que le
habían legado Mozart y Haydn. Tras su llegada a Viena, Beethoven alternó las
composiciones basadas en modelos clásicos, como su Cuarteto para cuerda en la mayor opus
18 nº 5 (1800, en el que tomó como patrón el Cuarteto de Mozart K. 464, cuarteto nº
18 en la mayor), con las inspiradas en estructuras italianas más
imprecisas, como ocurre en la conocida canción Adelaide (1795).
El nuevo estilo al que se refirió en 1802,
marca su retorno a las estructuras vienesas clásicas. A pesar de la fuerza de
sus composiciones en la década que transcurre entre 1802 y 1812, musicalmente
representan el desarrollo de las formas empleadas por Mozart y Haydn. Esto se
aprecia en obras de una envergadura sin precedente como la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, opus
55 (Heroica) y el Concierto para piano en mi bemol mayor, opus 73 nº 5,
(Emperador,
1809), o en composiciones de estructura compleja como la Sinfonía nº 5 en do menor, opus 67
(1808), y la Sonata para piano nº 23 en fa menor opus 57 (Appassionata,
1805). En estas obras demostró que con su estilo, basado en una temática del
todo nueva y en armonías opuestas que utilizaban notas contrarias, podía crear
música dotada de una fuerza y expresividad muy importantes.
Las dificultades para terminar la Sinfonía nº
8 en fa mayor, opus 93 y las dudas sobre una posible relación con su
'amada inmortal' llevaron a Beethoven a un periodo de incertidumbre. La
fascinante capacidad de producción de la década anterior entró en declive. Las
obras posteriores a 1812, como la colección de canciones opus 98 An die ferne
Geliebte, del año 1816, y las Sonata para piano en la mayor opus 101, de
1817, experimentaron nuevos matices y desarrollaron las estructuras musicales
que el compositor utilizaba en la década de 1790. Este grupo de obras cíclicas
y de final abierto respondía a la influencia de una nueva generación de
compositores románticos (como, por ejemplo, los ciclos de Lieder del compositor
alemán Robert Schumann).
En 1818 Beethoven retomó las estructuras
cerradas de su época heroica con la Sonata para piano en si bemol mayor opus 106
(Hammerklavier),
obra de una extensión y dificultad sin precedentes que ha hecho estragos entre
los intérpretes desde su época hasta nuestros días.
Las composiciones del último periodo, en vez
de formar grupos y colecciones, están marcadas por una individualidad que
muchos compositores posteriores han intentado imitar sin conseguirlo. En la Sinfonía nº
9 en re menor, opus 125 y la Missa solemnis en re mayor, opus 129
plasmó un punto de vista idealizado de la humanidad, basado más en el
movimiento ilustrado que en la doctrina católica romana, los resultados
artísticos son aún más convincentes que las elevadas ideas que contiene su
única ópera, Fidelio (1814).
El estilo personal de sus últimos años
originó los 5 cuartetos para cuerda compuestos entre 1824 y 1826, los dos
últimos por iniciativa propia. En estas obras, Beethoven realiza una síntesis
entre el estilo popular y el académico, entre lo festivo y lo sublime. En su
época se consideraron demasiado avanzadas, incluso inaccesibles, pero con el
paso del tiempo se han convertido en una pieza clave de la música universal.
La costumbre de tomar apuntes sobre sus composiciones
mientras trabajaba en ellas aumentó con el paso del tiempo. Los más de siete
mil borradores que escribió en trozos de papel y pequeños cuadernos mientras
viajaba, así como los libros de notas que confeccionaba en su casa forman parte
de uno de los más importantes legados en la historia de la música occidental.
Herencia musical
Quizás la herencia más notable que Beethoven
nos dejó fue un cambio en el papel del compositor en la sociedad; de ser un
artesano que creaba a las órdenes de la Iglesia o de alguna autoridad
aristocrática (hecho que Mozart y Haydn tuvieron que aceptar), pasó a ser un
artista independiente desde el punto de vista económico gracias a la
publicación de sus obras y a sus representaciones, con una motivación creadora
íntima, concepto que fue el sello del romanticismo durante el siglo XIX. Desde
este punto de vista, recogió la influencia de otros artistas de su época como Lord Byron y William Turner.
La influencia de Beethoven tardó en
imponerse. Para algunos compositores como Johannes Brahms, que no escribió ninguna sinfonía
hasta los 43 años, su figura fue sobrecogedora. El compositor alemán Richard Wagner habló de la Sinfonía nº 9 en re menor, opus 125,
en especial del movimiento coral con que termina, como la piedra angular de su
visión del drama musical. Hubo que esperar hasta las últimas sinfonías
románticas de compositores como Anton Bruckner y Gustav Mahler, ambos
austriacos, para que el estilo heredado de Beethoven alcanzara su punto máximo
de desarrollo. La música de Beethoven sigue en un lugar preferente dentro del
repertorio mundial para orquesta y cámara.[1]
PINTURA: NEOCLASICISMO Y ROMANTICISMO
Pintura neoclásica
En la segunda mitad del siglo XVIII la
pintura experimentó una revolución, cuando el casto neoclasicismo vino a
sustituir al exuberante estilo rococó. Este resurgimiento clásico en las artes
se debió a diferentes acontecimientos. En primer lugar, a mediados del siglo
XVIII, se iniciaron muchas excavaciones arqueológicas en Italia y en Grecia y
se publicaron libros con dibujos de antiguas construcciones que los arquitectos
ingleses y franceses copiaron con avidez. En segundo lugar, en 1755, el
historiador del arte alemán Johann Joachim
Winckelmann publicó su ensayo Gedanken über die Nachahmung der
Griechischen Werke in der Malerei und Bildhauerkunst (Pensamientos
sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura),
ensalzando la escultura griega. Esta obra, que ejerció gran influencia sobre
los artistas, impresionó sobre todo a cuatro pintores extranjeros residentes en
Roma: el escocés Gavin Hamilton, el alemán Anton Raphael
Mengs, la suiza Angelika
Kauffmann y el estadounidense Benjamin West, que se inspiraron en ella para
crear cuadros basados en la literatura clásica.
Fue, sin embargo, el pintor francés Jacques-Louis David el principal
defensor del neoclasicismo. También él estaba imbuido de las influencias
clásicas recibidas durante su estancia en Roma, y con anterioridad, de las
obras del clasicista francés del siglo XVII, Poussin. El sobrio estilo de David
armonizaba con los ideales de la revolución francesa. Obras como El juramento
de los Horacios (1784-1785, Louvre) inspiraban patriotismo; otras,
como la Muerte
de Sócrates (1787, Metropolitan Museum), predicaban el estoicismo y
la abnegación. David no sólo utilizaba la historia antigua y el mito clásico
como fuentes para sus temas, sino que basaba la forma de sus figuras en la
escultura antigua. Su gran sucesor fue Jean Auguste
Dominique Ingres, a quien se llegó a identificar
con la tradición académica en Francia por la fría serenidad de sus líneas y
tonos, y por su esmerado interés por el detalle, como en su sorprendente
retrato de La
condesa de Haussonville (1845, colección Frick, Nueva York). Sin
embargo, ya se encuentran elementos de la tendencia romántica, que pronto
sucedería al neoclasicismo, en el interés que Ingres mostraba por los temas
no-europeos, como lo demuestran sus diferentes cuadros de odaliscas.
David ejerció su influencia sobre muchos
otros pintores, entre los que se encontraban varias mujeres que destacaban como
seguidoras suyas. Era el caso de Adélaïde Labille-Guiard, Marie Guillemine
Benoist y Constance Marie Charpentier, algunas de cuyas obras han sido
erróneamente atribuidas a David en el pasado; las investigaciones recientes han
tratado de identificar sus contribuciones individuales. Véase Neoclasicismo.
Pintura
romántica
Sucediendo muy de cerca al neoclasicismo, el
movimiento romántico introdujo el gusto por lo medieval y lo misterioso, así
como el amor por lo pintoresco y lo sublime de la naturaleza. Se dio rienda
suelta a la imaginación individual y a la expresión de la emoción y del estado
de ánimo, desbancando al enfoque intelectual razonado de los neoclasicistas. En
general, los pintores románticos preferían las técnicas coloristas y
pictoricistas al estilo neoclásico, lineal y frío.
Pintura romántica francesa
Un seguidor de David que acabó por decantarse
por el estilo romántico, fue su discípulo Antoine-Jean Gros, conocido por sus retratos de Napoleón con todos sus atributos y por sus
lienzos de gran formato representando las campañas napoleónicas. El colega de
Gros, Theodore Géricault, se distinguía
por su interpretación dramática y monumental de hechos reales. En su obra más
conocida, Balsa
de la Medusa (1818-1819, Louvre), pone tintes heroicos en los
padecimientos de los supervivientes de un naufragio. Este cuadro impresionó
sobremanera a Eugéne Delacroix, que siguió con el tema del sufrimiento humano en obras tan enérgicas y
de tan intenso dramatismo como La matanza de Quios (1822-1824) y La Libertad
guiando al pueblo (1830), ambas en el Louvre. Delacroix, al igual
que otros pintores románticos, buscó también inspiración para sus obras en la
literatura y en los viajes a oriente medio. Más tarde, en el siglo XIX,
Delacroix ejercería su influencia sobre los impresionistas con su técnica del
color dividido (el color aplicado por medio de pequeñas pinceladas de pigmento
puro).
Durante el periodo romántico, varios pintores
franceses se centraron en vistas de paisajes pintorescos y en escenas
sentimentales de la vida rural. Jean-François
Millet fue uno de los artistas que se establecieron en el
pueblo de Barbizon, cerca de París; con una visión reverente de la naturaleza transformó a
los campesinos en símbolos cristianos. Camille Corot, pintor de bosques plateados y poéticos, plasmó los aspectos líricos de
la naturaleza, que observó durante sus visitas a Barbizon y en el curso de sus
largos viajes por Francia e Italia.
Pintura romántica inglesa
El paisaje romántico floreció también en
Inglaterra, a principios del siglo XIX, de la mano de John Constable y Joseph Mallord William Turner. Ambos
artistas, aunque de estilos netamente diferentes, trataban de plasmar los
efectos de la luz y de la atmósfera. Los lienzos de Constable son poéticos y
expresan la cultivada suavidad de la campiña inglesa, a pesar de su enfoque
objetivo y científico, pues el pintor gustaba de pintar al aire libre haciendo
numerosos estudios de las formaciones de las nubes y tomando notas de las
condiciones lumínicas y climatológicas. Por otra parte, Turner buscó lo sublime
de la naturaleza, pintando catastróficas tormentas de nieve o plasmando los
elementos —tierra, aire, fuego y agua— de una manera borrosa, casi abstracta.
Su manera de disolver las formas en la luz y en veladuras de color tendría gran
importancia en el desarrollo de la pintura impresionista francesa.
Pintura romántica alemana
Caspar David Friedrich es la figura destacada de los artistas románticos alemanes. El paisaje
era su medio de expresión preferido y sus hipnóticas obras están imbuidas de
misticismo religioso; representaba las transformaciones que experimenta la
tierra al amanecer y al atardecer, o bajo la niebla o la bruma, aludiendo quizá
a la transitoriedad de la vida. Philipp Otto Runge dedicó también su breve
carrera a pintar paisajes místicos y entre su obra destaca La mañana (1808-1809,
Kunsthalle, Hamburgo), parte del inacabado ciclo de paisajes alegóricos Las horas
del día.
Pintura romántica estadounidense
El primer artista estadounidense realmente
romántico fue Washington Allston, cuyas obras son misteriosas, melancólicas o
evocadoras de ensoñaciones poéticas. Al igual que otros románticos, buscó la
inspiración en la Biblia, en la poesía y en la literatura, como queda patente
en muchas de sus obras. Varios artistas, que trabajaban entre 1820 y 1880,
formaron un grupo homogéneo conocido como Escuela del Río Hudson cuyos enormes
lienzos declaran su reverencia por la belleza del paisaje americano. El más
notable del grupo es Thomas Cole, cuyas escenas están cargadas de implicaciones morales, como queda
patente en su serie épica de cinco pinturas alegóricas, El curso del Imperio (1836,
New York Historical Society, Nueva York).
En la pintura de paisaje de mediados del
siglo XIX surgió una nueva tendencia, definida actualmente como luminismo,
centrada en el interés por los efectos atmosféricos de la luz difusa. Entre los
pintores luministas cabe destacar a John F. Kensett, Martin J. Heade y Fitz
Hugh Lane. Se percibe en sus cuadros el mismo sentido de "Dios en la
naturaleza" que aparecía en las primeras obras de la Hudson River School.
En contraste con las obras luministas, más pequeñas e intimistas —como las
escenas de Kensett en las orillas de Rhode Island—, Frederick E. Church y Albert Bierstadt pintaron sobre enormes lienzos el
espectacular panorama de las junglas suramericanas y del oeste de Estados
Unidos. Véase
Arte y arquitectura estadounidenses.
Francisco de
Goya
Aunque el romanticismo fue el movimiento dominante
durante buena parte del siglo XIX, existían otras tendencias artísticas del
todo diferentes, y muchos pintores no abrazaron ninguna escuela claramente
definida. Por ejemplo, no se puede relacionar a Francisco de Goya con ningún movimiento artístico
concreto. Sus obras tempranas son de un estilo rococó modificado y sus últimos
trabajos (entre los que se cuentan las Pinturas negras (Museo del Prado)
realizadas en su casa de la Quinta del Sordo) son expresionistas y
alucinatorias. En algunos retratos de la familia real —por ejemplo La familia
de Carlos IV (1800, Museo del Prado, Madrid)— emuló la fórmula de su
compatriota Velázquez (en Las Meninas) incluyéndose ante el
caballete. Pero, al revés que la obra de Velázquez, los retratos de Goya no son
nunca objetivos; su perspicacia psicológica revela la insulsez de sus modelos y
su brillante pincelada recoge sin rodeos sus defectos físicos.
ESCULTURA
NEOCLASICA Y ROMANTICA
Escultura
neoclásica
Durante la segunda mitad del siglo XVIII se
produjo una vuelta al gusto por lo clásico. El neoclasicismo tomó su inspiración de las
excavaciones arqueológicas que en aquel momento se estaban llevando a cabo en
Italia y otros puntos de la zona mediterránea. También tuvo una importante
influencia un ensayo del historiador del arte alemán Johann Joachim Winckelmann, que alababa la
escultura griega de la antigüedad. La obra antigua favorita durante el siglo
XVIII fue el Apolo de Belvedere (copia romana del original griego del
siglo IV a.C., Museos Vaticanos, Roma) que el escultor italiano Antonio Canova adaptó en su escultura en mármol Perseo con
la cabeza de la medusa (1801, Museo Metropolitano de Arte, Nueva
York). Canova también se inspiró en la antigüedad para realizar la escultura de
la hermana de Napoleón, Paulina Bonaparte Borghese como Venus ( 1805-1807, Galería Borghese).
Bertel Thorvaldsen, escultor danés que vivía en Roma, logró tanta fama en su época
realizando obras inspiradas en las de la antigüedad, que en Copenhague se
construyó un museo, cuyas obras comenzaron en 1839, dedicado especialmente a
él. El contacto entre Thorvaldsen y Canova resulta evidente en la primera obra
de aquel, Jason
(1803, Museo Thorvaldsen, Copenhague), de estilo deliberadamente clasicista,
basado en la copia romana de la antigua obra griega El Doríforo (siglo V a.C.,
Museo Nacional, Nápoles). Sus demás obras estuvieron muy influidas por las
restauraciones que efectuó en los mármoles del frontón del templo de Afaya, de
estilo griego arcaico, en la isla de Egina. Aunque no muy conocido fuera de los
confines de su Suecia natal, Johan Tobias Sergel fue un excelente escultor de
finales del siglo XVIII, que unió la temática neoclásica con el dinamismo
barroco, tal como puede verse en su Fauno (1770-1774) y en Marte y
Venus (1804), ambos en el Museo Nacional de Estocolmo. Al artista
inglés John Flaxman se le recuerda
quizá más por sus relieves clásicos, modelados de forma muy delicada, que por
sus cerámicas de Wedgwood, aunque también realizó monumentos funerarios. Sin
embargo, logró mayor impacto en el arte europeo con sus ilustraciones, de fino
dibujo, de obras clásicas de Homero, Esquilo, Hesiodo y Dante que con sus
esculturas.
El escultor francés Jean Antoine Houdon incorporó
conceptos clásicos en la realización de la estatua en mármol de tamaño natural
de George
Washington (1788-1792, Capitolio de Richmond, Virginia) y en su Diana
(1777, Museo del Louvre). Sin embargo, sus mejores obras fueron los bustos,
cuya viveza y naturalismo van más allá de los confines del clasicismo.
Escultura romántica
El romanticismo es otro de los grandes movimientos artísticos del siglo XIX, que
permitió a los escultores liberarse de los modelos del pasado. Se crearon obras
nuevas basadas en la imaginación y en las emociones. En Francia el liderazgo de
la escultura romántica lo ostentan François Rude, Antoine Louis Barye y Jean Baptiste Carpeaux. Rude es
conocido por las conmovedoras esculturas monumentales del Arco de Triunfo de
París, sobre todo por la Partida de voluntarios en 1792, también
llamada La
Marsellesa, ejecutada en 1833-1836. Una figura alada de gran tamaño
que personifica la Libertad se halla ante un grupo de hombres animándoles,
gritándoles, urgiéndoles a la batalla. Barye fue tal vez el mejor escultor de
animales desde la antigüedad. Sus bronces, trabajados de forma meticulosa,
poseen tal vitalidad que parece como si hubiera estado observando a los
animales salvajes en sus hábitats cuando en realidad lo que hacía era visitar
con mucha frecuencia el zoo de París. El más famoso grupo escultórico de
Carpeaux, La
danza, adorna la fachada de la Ópera de París. La vivacidad de las
figuras y el efecto de luces y sombras rizadas que creó al modelar las
superficies tienen una gran afinidad con el arte rococó.
La figura cumbre de la escultura del siglo
XIX y el escultor más importante desde Bernini fue el artista francés Auguste Rodin. Su genialidad estriba en la
habilidad que tenía para poner de manifiesto la vida interior de los seres
humanos mediante gestos y actitudes físicas. A pesar de ser un escultor muy
original, Rodin recibió influencias de diversas fuentes: del arte gótico del
norte de Europa, de Donatello, de Miguel Ángel y hasta incluso del rococó. Su
afinidad con algunas facetas del estilo clásico se manifiesta en su Hombre de la
nariz rota (1864, Museo Rodin, Museo de Arte de Filadelfia), obra de
tipo naturalista que muestra un rostro tosco, inspirada en los bustos romanos y
más adelante en la escultura en mármol de fina terminación e idealizado
erotismo, El
beso (1886, Museo Rodin, París). En 1880 recibió el encargo de
realizar una serie de puertas para un nuevo museo, que nunca llegó a
terminarse. El proyecto, conocido como Las puertas del infierno (1880-1917, Museo
Rodin), con numerosas figurillas de escayola, fue la base de obras
independientes, realizadas en bronce a tamaño natural, como El pensador
(1880), Adán
(1880) y Eva
(1881), todas ellas en el Museo Rodin. El discípulo y ayudante de Rodin, Antoine Bourdelle, fue también un soberbio escultor
de la figura humana y en sus bronces expresionistas convergen sentimientos de
poderío y solidez, como en su Gran guerrero de Montauban (1888, Museo
Hirshhorn, Washington, D.C.).
En Estados Unidos, William Rimmer, Augustus
Saint-Gaudens y Daniel Chester French comparten el enfoque romántico en sus
esculturas de carácter alegórico. El Centauro moribundo de Rimmer (1871, Museo
de Bellas Artes, Boston), el Mausoleo de Adams de Saint-Gaudens
(1886-1891, Cementerio de Rock Creek, Washington, D.C.) y El ángel de la muerte y el escultor
de French (1891-1892, Cementerio de Forest Hill, Roxbury, Massachusetts) son
obras conmovedoras que demuestran la excelente técnica de los artistas
románticos estadounidenses.[2]